Dada la intensidad y el vértigo de nuestro actual ritmo de vida —incluso en Burgos, una ciudad desde luego más apacible que las grandes urbes—, cada vez añoro con más fuerza aquellos momentos —horas, en ocasiones— de tranquilidad en que podía disfrutar de una lectura reposada. Sentarse en la butaca —tu butaca, esa que se ya se ha amoldado acogedora a tu cuerpo— e introducirte en un mundo diferente trazado con las palabras es ya más que una pequeña delicia, es un regalo para disfrutarlo en toda su magnitud. El tiempo transcurre sin sentirlo y, cuando cerramos el libro, nos encontramos como retornados de un sueño, recuperados para afrontar de nuevo las obligaciones rutinarias.
La delectación puede ser aún mayor si somos capaces combinar con habilidad otros placeres: una leve semipenumbra que nos aísle de cuanto nos rodea, una música que nos acompañe sin distracción, una copa de vino que acaricie nuestro paladar… Claro que, igual que no todas las partituras son apropiadas para según qué lecturas, lo mismo ocurre con los vinos.